sábado, 8 de febrero de 2020

Elisa y Marcela, Marianne y Héloïse, Jean y Lydia



A tres películas muy recientes de la cartelera internacional, dos de ellas excepcionales y una de menor relieve artístico, las interconectan tanto la sensibilidad como la ternura con la cual han enfocado el amor entre dos mujeres, colocándose sus relatos entre los más bellos proporcionados por dicha parcela temática en la historia de la pantalla. Y afirmarlo sobre una vertiente que ha alumbrado obras maestras como Carol y maravillas como Desobediencia no es poca cosa.


A diferencia de cierto cine gay de personajes masculinos que emulan a las liebres en su urgencia animal de fornicar a toda hora, en cualquier espacio, con cualquiera que sea, a través de peripecias de muchos fluidos corporales y escaso amor, estas tres historias de romance lésbico resaltan por todo lo contrario, al celebrar la unión de pareja desde el entendido de una comunión absoluta física y mental que prescinde de terceras partes, el hallazgo en la persona querida del goce supremo en lo físico y lo espiritual, la aceptación de la otra con toda su carga de diferencias, su respeto en tanto ser humano. Lo cual no entraña el desborde de erotismo y pasión inherentes a todo enlace que posea carne y deseo también, manifiestos en las tramas de estas tres piezas fílmicas orladas de intensos pasajes sexuales.  

Las dos primeras son la española Elisa y Marcela (Isabel Coixet, 2019) y la francesa Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019); la otra es la inglesa El secreto de las abejas (Annabel Jankel, 2018). Todas han sido dirigidas por mujeres y quizá en eso radique la profundidad en la conformación de los seis personajes centrales y en su riqueza humana; fundamentalmente la complicidad en el acercamiento a sus universos sentimentales y morales.

Coescrita y dirigida por la catalana Coixet, Elisa y Marcela se apuntala en instancias verídicas acaecidas en la España primisecular, el primer matrimonio homosexual de la historia de ese país, contraído para 1901 por dos muchachas gallegas, si bien bajo la premisa de una mentira: una de ellas se disfrazó de hombre. Aunque sigue siendo válido a día de hoy, pues nunca pudieron deshacerlo, en ausencia o huida de las cónyuges.

Las maestras Elisa (Natalia de Molina, en otra de las notables composiciones de una carrera en ascenso) y Marcela (Greta Fernández, la actriz revelación del momento en la Península) luchan a brazo partido por mantener su relación en un escenario asaz patriarcal, de omnipotencia eclesiástica, el cual todavía se halla muy lejos de encontrarse preparado en los órdenes psicológico y cultural para metabolizar tal enlace. Incomprendidas, rechazadas y ridiculizadas, las dos jóvenes deben desandar tres países de dos continentes, en pos de proseguir unidas.

La almendra del relato ha de descascararse en el lirismo mediante el cual la Coixet se aproxima a una historia de amor configurada, vista y contada desde el presupuesto de esa belleza incomparable surgida del amar y honrar al ser objeto de veneración y deseo. Son cuidadosamente bellas las escenas íntimas de los dos personajes centrales, las cuales dan fe de su mimo, de la carnalidad y espiritualidad de su pasión, del afán conjunto de complacerse y quererse la una a la otra; a despecho de los odios e ignorancias cernidos sobre ambas. De Molina y Fernández, sobre todo la primera, grandiosas.

El esplendor visual de una fotografía en blanco y negro, magna en varias tomas de interiores, contribuye al realce del filme.

De Retrato de una mujer en llamas, sensorial como las tres anteriores obras de su realizadora, prenda la gradualidad modélica mediante la cual la Sciamma trabaja la atracción romántica de sus protagonistas. Verifícase en la primera hora del filme, calma en su progresión y pletórica de detalles, referencias y sutilidades (¡esas miradas furtivas o frontales de Héloïse, la dama a ser pintada, hacia Marianne, la pintora¡) la exquisita colocación de los pilares sobre los cuales reposará un conflicto que se abrirá en flor durante la zona media.

Contra las dos pugnan, también, los tiempos. Estamos en 1770 y la bella joven burguesa Héloïse debe ser pintada, para enviarle el lienzo al rico milanés que habrá de desposarla. Marianne representa, no hay de otra dado el momento y las convenciones, un episodio que -pese a probablemente constituir lo más importante de su vida y no olvidarse jamás por ella-, ha de clausurarse dentro de sí una vez la dama viaje a Italia con su esposo.

Noémi Merlant (Marianne) y Adèle Haenel (Héloïse) componen dos caracterizaciones memorables, decisivas en el sentido de capturar el intento de sus personajes de sofrenar una pulsión instantánea y la vehemencia con la cual la aceptan y se entregan al hecho amoroso tras comprobar lo fútil del empeño. La estilización de Retrato de una mujer en llamas se debe en gran parte a la observación de los cuerpos y los primeros planos, pura poesía visual fílmica que dialoga y transmuta con el espacio pictórico del relato. Los agradecimientos al buzón de Claire Mathom, la directora de fotografía.

Pese a lastrarla decisiones dramáticas y visuales melosas en la resolución, así como apelaciones a un realismo mágico fuera de lugar y menos matices, es igualmente El secreto de las abejas otra tierna historia femenil. Son los años 50 del siglo XX en una Escocia rural que no perdona a la “lesbiana” Doctora Jean (Anna Paquin, en un trabajo de introversión no acostumbrado en la actriz en las últimas fechas) y mucho menos su unión clandestina con la joven obrera Lydia (Holliday Grainger). La relación entre ambas, no obstante su deseo de anonimato, saldrá a flote al aire de un cerril ambiente de intolerancia.

A la mirada de la directora Jankel a dicho amor la signa la ternura. Aunque la observación del espacio íntimo de las dos mujeres nunca llega a alcanzar el grado de sofisticación visual de los filmes de la Coixet y la Sciamma, también resultan muy hermosas tales escenas. Quizá resulten menos estilizadas, pero tampoco todas tienen por qué asumirse de tal modo.