Los tipos extraños,
perdedores, outsiders o freaks son los bichos raros predilectos
por Álex de la Iglesia,
desde que el cine le abrió espacio a este maldito gordo español en 1992 a través de Acción
mutante. De allá a acá han mediado muchas películas, casi todas osadísimas,
donde reina esta escoria parida menos por una combinación social de exclusión y
maltusianismo que por otra personal de desprecio e indiferencia ante el mundo
de tales seres. O sea, que no puede hablarse en ellos propiamente de rechazo
hacia sí, porque media el elemento de “no quiero integrarme a” que de su núcleo
parte. Son lo que son, a la larga, más a causa de su mala leche congénita que a
las razones de siempre cuando otros autores hablan de estos mismos tipos. Pero
a Álex no le va ni la sociología ni la psiquiatría, mucho menos los códigos de
lo políticamente correcto. Quizá sea lo que le tiente explorar el perfil
siniestro de la especie.
