Las películas de Takashi
Miike (Muerto o vivo, Audición, Visitor Q, La felicidad de los Katakuris, Una
llamada perdida) son provocativas, ambiguas, hiperbólicas, demenciales,
subversivas, elaboradas exquisitamente a nivel visual y en el manejo del tiempo
cinematográfico. Maestro en el tensar hasta grado extremo una situación de
angustia, su narrativa logra exasperar a espíritus conservadores, pues un golpe
de timón en el relato conduce la historia hasta abismos no fáciles de tolerar
por todo tipo de espectador. Por ejemplo, en su largometraje Ichi the killer
hay escenas brutales de tortura y flagelación, carne para el debate de
determinados anclajes teorizantes sobre el uso de la violencia en la imagen
fílmica; piedra de escándalo de cuanto es válido o no aceptar dentro de la
pantalla comercial.
