Más allá de
su apabullante casquería digital, ese espectacular sentido de los efectos
visuales y su ADN de blockbuster realizado a un costo de 175 millones de
dólares, solo permisible hoy día en Hollywood a franquicias probadas en
taquilla (Transformers, Fast and Furious…) o a excepciones
contadísimas como la concedida a quienes fraguaron la trilogía The Matrix, cuanto están filmando a la
larga los hermanos Wachowski en su abigarrada epopeya futurista El destino de Júpiter (Jupiter Ascending, 2015) es una aventura
romántica de las de toda la vida, cuyo presunto toque interclasista a lo
Cenicienta queda (semi) neutralizado desde el momento cuando sabemos que a Su
Majestad la reina Mila Kunis le va más lo de ser plebeya, tanto como lo es de
planta su querido y musculoso Channing Tatum. Y a la larga la limpiadora de
retretes con genes rusos y el semilobo alienígena de botas aladas habrán de
entregarse a un desenfreno de mordiscos de pasión, cual anticipan las miradas
furtivas lanzadas desde bien temprano en la space-opera
por la de las cejas pobladas. Si el lobo no destroza esas cejas bien bobo
sería.
