Acostumbrado como está el
espectador a la ortodoxia de la narrativa hegemónica, quizá al hacerle frente a
una película semejante a Familia rodante pueda sentirse algo distante
ante un concepto de la puesta en escena que casi reniega de la puesta en
escena. Pablo Trapero propone una obra en la cual se preocupa sobremanera “en
que parezca que aquí nadie filma nada, nadie pone la cámara, nadie escribe un
guión y no hay actores”. Y lo logra de manera rotunda este joven exponente
fundacional del una vez llamadoNuevo Cine Argentino, quien acorde a la marca
ideoestética básica de este movimiento, acomete un acercamiento a la
cotidianeidad bajo un signo realista regido por la naturalidad, donde huelga el
artificio y las rutilancias del mainistream, del propio mainstream
argentino dominado por los jerarcas de la producción y antítesis de este Nuevo
Cine independiente. Al margen de que a su discurso formal todavía lo poblasen
(claro, a esa aun mínima altura de su campeonato, pues el filme fue estrenado
en 2004) determinadas rusticidades semiamateurs: solo un ejemplo, inexactitudes
en la edición; verbigracia, un niño del grupo va a orinar a unos matorrales, se
produce un ruido entre la hojarasca indicativo de que algo ocurre, va a
investigar, y de pronto, corte, sin ninguna continuidad narrativa ni derivación
lógica del hecho.
