Cuando falleció, en
noviembre de 2004, Philippe de Broca se aprestaba a participar en el proceso de
promoción de la que sería su última película, Una víbora en el puño (Vipère
au poing), estrenada en Francia ese año. Pero el cáncer se lo impediría al
veterano realizador de 71 años, con cuya marcha del mundo terrenal se iba una
forma, un estilo, un concepto de hacer cine que —sin apartarse jamás de los
sentimientos, percepciones y emociones del ser humano más simple sentado en la
platea—, también poseyó la virtud de imantar a críticos, historiadores e incluso a los más reputados cineastas
nacionales de todas las épocas.
Un icono de la pantalla gala
como Francois Truffaut lo adoraba. Luego de aquella fatídica mañana en la cual
el diario Le Parisien fue el primero
en propalar la noticia de su muerte, el autor de Los 400 golpes (cinta en la cual de Broca colaboró consigo fungiendo
de asistente), recordó que «el poeta de lo risible» —así lo calificaba— nunca
pronunciaba la palabra arte y hasta se vanagloriaba de ser superficial. Leía
menos críticas de sus filmes que Woody Allen y tomaba la acera opuesta cuando
se le acercaba algunos de aquellos compañeros suyos de la época, tan dados a
los cenáculos intelectuales, las teorías narrativas y el visionaje constante de
cuanta obra extraña apareciera en Cinemateca, contra los que él desbarraba a la
menor ocasión.
