Los mexicanos Guillermo
Arriaga y Alejandro González Iñárritu conformaron uno de los binomios autorales
de mayores aportes al séptimo arte durante la posmodernidad cinematográfica, al
concebir tres extraordinarias películas -el primero en tanto guionista y el
segundo en calidad de director- de suma influencia dentro de las lógicas
narrativas de la ficción fílmica actual como fueron Amores perros, 21 gramos y Babel, las cuales parecieron canalizar
no pocos ecos del espíritu de esta época globalizada, transculturalizadora y
sujeta a claras disolvencias o reconversiones de paradigmas. Marcada a fuego su
morfología en la escritura de la época, a no olvidar la estética de la
fragmentación de aquellos alegóricos relatos cronológicamente desordenados y
tangenciales, blancos de encuentros/desencuentros y mudas espacio-temporales.
Pero en el corazón dramático de este en apariencias inédito estuche formal -si
bien a lo mero mero el par zambuía en su vitaminado pudín estructural desde
armas de Kurosawa hasta Altman y Winchester
73- había, sin excepción, una buena historia para contar, sustratos
argumentales rotundos por arriba de las formas.
