La humillación, a los
primeros años, cuando más duele recibirla, porque aun no se descubre bien su
origen u objetivos, ni se sabe que es uno de los mecanismos de ataque/defensa
de cierta franja de la especie humana tan desvalida de afectos como sobrada de
agravios. El rostro demudado del agredido ante el patán atacante de la escuela,
la temerosa mirada de reojo del indefenso hacia las comarcas de esa, la hiena
generacional que le entorpecerá el paso al baño, al patio de recreo, la salida
del colegio, dejándole cada vez menos espacio de tránsito, más angosto su
círculo de vida dentro de los recovecos menos concurridos del recinto. Faz
pálida, pies tremolantes, pecho y pulso en aprietos, y un extraño sabor en la
boca procurado a dos manos entre la angustia y el miedo. Es una suerte de
calvario primigenio nacido, por norma, de cualquier signo de diferencia no
asumido por la normativa colegial, de cuyo centro destructivo solo ciertas
estrategias de supervivencia, la imaginación a plazo cercano y el tiempo a fecha
final hará escapar a ese Otro más introvertido, retraído, tímido, inteligente,
bajo, gordo, bizco, cabezón, homosexual, dispar en rasgos étnicos…, en fin, la
contraparte a veces no encajable dentro del canon de crueles sociabilidades
interescolares. Sucede igual doquiera, con sus variantes pero bajo patrón
similar; aquí, en Estados Unidos, Japón, España o en la Suecia de 1982 donde
discurre la trama de Déjame entrar (Låt den
rätte komma in, Tomas Alfredson, 2008), y el abusado niño Oskar
tiene la dicha única de encontrarse con una vampira coetánea -lo de la edad es
un decir, claro, ella “está cumpliendo doce hace mucho tiempo”, como 35 celebra
sin parar el Ethan Hawke de Daybreakers-, quien le hará sortear su pena y de
paso le regalará algunas verdades seculares sobre la naturaleza humana, vaya
paradoja proviniendo de quien ya no lo es.
