El hace poco fallecido Bigas Luna,
quizá el cineasta más irregular, polémico y contradictorio de la península
ibérica sistemáticamente activo en las últimas tres décadas, es un creador
lleno de sorpresas que lo mismo podía perpetrar el softcore setentero
que coronar obras interesantísimas a la manera de Bilbao; Jamón, jamón; La teta
y la luna y La camarera del Titanic, o bien flagelar al espectador con churros
seudoeróticos corte Huevos de oro o Las edades de Lulú, o nada más provocar
indiferencia con cosas de tan poco fijador como Volaverunt y la lastimosamente
insípida Son de mar.
