En su obra, M. Nigth
Shyamalan (Pondi-cherry, India, 1970) explicita marcas autorales, deja siempre
huellas enunciativas. Es el suyo un cine que trabaja con la sustracción factual
a lo largo del desarrollo narrativo del filme, en tanto elemento potenciador
del fortísimo efecto dramático generado por sus consabidos twists o golpes de timón finales iniciados desde El sexto sentido (1999). Cambios de
rumbo que aventuran sus películas hacia áreas resolutivas insospechadas, por
regla sorprendentes. Pero para llegar a esos
cierres habituales del realizador -que suelen resignificar sus películas- no
deben apurarse malos tragos baratos a lo largo de dos horas, sino en cambio
degustar un estilo cautivante de tomas largas, discurrir parsimonioso,
elaboradísimas y densas atmósferas de terror, modélicos climas de suspense.
Esto como opción estilística de relatos de concepción minimalista, habitados
por unos pocos pero interesantes seres sin mucha brújula, en busca de un lugar
y una razón en el mundo. Personajes rendidos casi siempre a la melancolía o el
desinterés vital, cuya delineación de un binarismo Bien-Mal de raigambre
filoreligiosa resulta por lo general pivote para ocasionales reconversiones
espirituales, cual sucedía en Señales
(2002).
