“Vivo lo amé y muerto lo venero”, le dice Manuelita
Saénz a ese impostado Hermann Melville
en su destierro peruano, a la vera de la muerte. Habla de su tema-hombre-razón:
Bolívar. De entre aquel 1822 en que lo conoció al entrar, victorioso, a
Quito, y ahora, han pasado 34 años. De
los ocho que estuvo al lado suyo (hasta la muerte del héroe en 1830) de amante,
amiga, protectora, de “libertadora del Libertador”, se encarga el filme que
lleva el nombre de esta mujer en una de sus grandes alternancias de planos
temporales. Ello, dígase ya, más desde la pendiente creativa de un poema
dramático inspirado a la forja de las letras románticas y transmutado en cine,
que desde las topicales parámetros histórico-dramatúrgicos de la biopic o drama
biográfico.
