Enésimo trasunto fílmico del opus cervantino, El caballero
Don Quijote (2002), no por haberse hecho cien años después de la primera
versión a la pantalla del clásico de las letras españolas e integrar una
dilatada historia de adaptaciones cinematográficas sobre la cual sobrevuelan
los reverenciables nombres de Meliés, Welles y Pabst, huele a rancio o sabe a
viejo. Manuel Gutiérrez Aragón, todo lo contrario, compone un filme vivo y
coleante, de visos contemporáneos, lleno de humor, enemigo de los estereotipos
y -no faltaba más tratándose del Quijote y tratándose de Gutiérrez Aragón-
simbióticamente alimentado de lo real y lo imaginario.
