Algún que otro crítico u
opinante de ocasión interconectó el “reverdecer”, años atrás, del cine
carcelario en la fronda temática, así como su aceptación por parte del público
y la crítica mundial, e incluso la alforja de reconocimientos de medio o máximo
nivel a los filmes Un profeta y Celda 211, con la cada vez mayor tendencia al
encierro del ser humano en las sociedades contemporáneas, la expansión de muros
de todo género a lo largo del planeta, el ostensible aumento de la población penal
en naciones de América y Europa -sobre todo Estados Unidos y España, donde las
cifras actuales harían abochornarse a cualquier línea de texto-, o hasta con el
tirón del éxito internacional de la teleserie norteamericana Prison Break. Puede que dichas asociaciones
encierren sus parciales raciones de verdad, y todavía sería mucho más prudente
coligar la reactivación de tal gramática a este presente absoluto, eterno, sin
mucha luz, tanto ruido y demasiada oscuridad, Antonio Tabucci dixit, o aventurar
otras correlaciones entre el escenario social de privaciones sistemáticas de
derechos, ultravigilancia… y el interés del séptimo arte hacia ese
universo-representación a escala de las prácticas más brutales del capitalismo
salvaje contemporáneo.
