Al minuto 3 de Nanook el esquimal (Nanook of the North, 1920), el
cazador itivimuits de Ungava del Norte que da nombre a dicho documental
desembarca su canoa en la gélida orilla de una zona cercana a la Bahía de Hudson, junto a
Nyla, Allego, el resto de la familia y un perro. Robert Flaherty -ese cineasta
a cuyos filmes Jean Renoir considerara “la naturaleza misma”, Joris Ivens
definiera como “el padre de todos nosotros”, Werner Herzog acudiese al
experimentar en la vertiente ambientalista de su filmografía y la mongola
Byambasuren Davaa redescubriera en la vocación antropológica de su cine-, fija
el plano en la increíble salida de toda su gente del ombligo hueco de un sobrio
kayak, al tocar tierra la embarcación. De ahí en más, todo cuanto hace este
hombre del septentrión a lo largo de una 1 hora y cuarto de seguimiento fílmico
es interactuar con un medio hostil, al cual utiliza desde una perspectiva
pragmática pero afincada en el respeto a los elementos naturales, a las nieves
que le brindan el material para construir su iglú, a los canes que permiten
desplazar sus trineos, a los mismos animales que necesita para proveer de grasa
y carne a los suyos ante el frío. Nanook mata a esta morsa o aquella foca para
sobrevivir, cada tanto y cuando puede. No daña su ciclo de supervivencia.
