Bel Canto
(Paul Weitz, 2018), uno de los despropósitos mayúsculos del cine norteamericano
más reciente, articula su relato a partir de la situación de toma de rehenes
que se produce en una innombrada república latinoamericana (la ambientación en
tales espacios geográficos casi nunca queda bien en las producciones fílmicas
yanquis; sea por inexactitud, politización, folclorismo en la mirada o
condescendencia), luego de que un grupo de liberación asalta la casa del vicepresidente
de la nación, donde actúa una renombrada soprano estadounidense, en concierto
privado al cual asisten importantes personalidades políticas del país y del
exterior.
