Robert
Altman, el más viejo peso pesado de la iconoclastia fílmica estadounidense,
continuaba activo, al morir en 2006,
a los 81 años. Venía siendo un Rohmer o un De Oliveira
americano este señor cuya línea de conducta dentro del séptimo arte jamás tuvo
reproche alguno. Fiel a sí mismo, consecuente siempre para con sus principios,
nunca sucumbió a la tentación del burdo cine comercial, pese a los notables
altibajos de su filmografía. Altman
tradicionalmente rodó lo que le dio la gana, aunque para ello tuviera que
alternar su trabajo cinematográfico con publicidad (cuya ganancia en buen grado
le concedió la independencia permitida para poder hablar gordo en predios de
Hollywood), teleplays y otras faenas suprafílmicas.
