Los cuarenta años, o su cercanía, implican, casi siempre, la aplicación
de un colirio de tristeza en los ojos con los cuales se mira el pasado. La
llegada a la media edad, con su carga de derivaciones inmanentes en cada uno de
los planos del individuo (no el menor el psicológico, por supuesto) supone en
muchos el recuento automático de los pasajes más perdurables de su vida
pretérita, desde el primer día de escuela al beso precursor, el vuelo del nido
paterno, aquel gran amor de juventud… En fin, todo eso lindo que jamás volverá
y que se vivió en su instante con la suprema intensidad de lo irrepetible,
acaso sin saberlo entonces. Suele arredrar el arranque nostálgico las mil
inocentadas cometidas, aquellas tontas actitudes, las picardías del niño
adolescente, las tropelías del bachillerato. Entonces, la sonrisa benefactora
por regla impide que la fuerza de gravedad transporte lágrimas al piso.
