Años
de golpe de estado contra el dirigente progresista Jacobo Arbenz y cruentas
dictaduras militares posteriores, organizados o apoyados en uno y otro caso por los
Estados Unidos -actor protagónico en los 36 años de guerras internas, con saldo
de 200 mil muertos y 45 mil desaparecidos; y que además, entre otros muchos
desmanes, convirtió al país en uno de los experimentos de prueba con sus
cobayas humanas-, hicieron de la triste Guatemala uno de los sitios de mayor
desangre y esquilme del continente: hoy como ayer presa de la violencia, el
crimen, la inseguridad ciudadana y bajo el control económico de empresas
foráneas, la mayoría norteamericanas, y escasas familias de la gran burguesía
local.
