Es el western, sabemos, un
tendencioso género, al potro del arquetipo y la fantasía, mucho menos simple y
desintelectualizado (o desideologizado) de lo supuesto en su día por Tom Mix.
Estuvo repleto -ya poco después de Edwin S. Porter y durante extenso trecho de
su etapa primitiva/clásica-, de falsificaciones históricas y virilísimos
relatos de mitificación heroica o cuentos morales con la visión de un vencedor,
por regla envuelto en aureolas de glorificación, cuyo postulado ideológico de
“mi rifle, mi pony, mis testículos y yo” exacerbó, deglutió o simplemente
enmarcó en celuloide un cuadro representativo de los antivalores fundamentales
sobre los cuales fue cincelada la mentalidad de cierto prototipo de ciudadano
norteamericano. Y, por añadidura, levantada la nación y luego el sistema
imperial de los Estados Unidos de América.
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