Preludiados
quizá no tanto por Orwell como por la historieta Custer (1986), con los reality
shows -en la televisión ya desde antes que en 1999 se emitiese el primer Gran Hermano oficial en Holanda-, este
medio de comunicación arribó a la etapa de entronización absoluta de lo trash o
basura como concepto definitorio. La humanidad y la sensibilidad del individuo,
preceptos básicos aparejados a las conquistas de los procesos revolucionarios
post-1789, quedaron apisonados a partir de su puesta en funcionamiento, a medro
del voyeurismo personal, el morbo, el odio social o los raseros totalmente
desvirtuados a la hora de medir los presuntos talentos de las personas.
