En el
principio todo fue una vagina. El pintor francés Gustave Courbet veneró su
instancia propulsora, potencialidad creadora, intrínseco misterio e imantación
sexual absoluta en el celebérrimo cuadro El
origen del mundo (1866) que tanto interés despertaba a Lacan. La raza
humana depende de esa caverna, nada y en mucho platónica, motivadora de
variopintos volúmenes suscritos por Catherine Blackledge (Historia de la vagina); Mithu Sanyal (Vulva, la revelación del sexo
invisible), Naomi Wolf (Vagina) u
otros autores. Aunque su empleo en tanto fuente de placer sexual, sabemos, es
menos lejana en la historia que la anal, ya utilizada con fervor desde los
tiempos de la horda, de los conquistadores del fuego. El realizador Jean-Jacques
Annaud lo ilustraría bien en pedagógica secuencia del filme homónimo estrenado
hace 33 años, útil para quienes no les haga gracia indagar en la protohistoria
del asunto por conducto de los dos últimos tomos de la Historia de la Sexualidad, de Michel Foucault, o El erotismo y Las lágrimas de Eros, de Georges Bataille.