Tras tres décadas en el set de filmación, el británico Stephen Frears
(1941) ha aprendido mucho del cine, lo bueno y lo malo, y entre esto último sus
trampas. El director de la extraordinaria Amistades peligrosas domina el
difícil arte de la narración fílmica, pone en su lugar los puntos de la
sintaxis cinematográfica, posee un don especial para la dirección de actores,
sabe hallar los tonos demandados por algunas películas (La Reina, el ejemplo principal),
se “evapora” tras la dirección cuando hace falta en función de convertir su
gramática en una suerte de estilo neutro, e incluso en algún caso –derivado en
cierto modo de lo anterior- es capaz de disimular el ropaje genérico con
astutos movimientos. Dichas trampillas, no importa lo hábilmente que sean
desarrolladas por el pillastre, sin embargo son captadas por algunos
espectadores; no obstante, la verdad sea dicha, confunden a demasiados. Ha sido
el caso de su Filomena (Philomena, 2013), mimada por el público, ovacionada en
festivales, nominada a cuatro Oscar y con ríos de tinta a favor, por parte de
críticos de diversas filias. Algo más o menos parecido a cuanto sucedió en Cuba
hace poco con la sobrevalorada Conducta.
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