De no
ser por la mofa con que se entrevé lo narrado, el plano de distanciamiento
irónico, el rico sarcasmo contaminador del relato y su tono permanentemente “bonchesco”
que saca hierro de un loquísimo matrimonio entre el esperpento y el bufo, sería
casi irrespetuoso que el punto gravitacional del argumento de la serie Veep fuera la hilaridad en los predios
del poder en Washington. Porque no hay nada gracioso, en la realidad, ni dentro
de las oficinas de la vicepresidencia, ni en la presidencia ni en ningún foco
de poder de la primera potencia militar del mundo, cuyo legado ha sido
siniestro para la humanidad en todos los términos. Ahora mismo James Petras
tiene publicado en Rebelión un ensayo
sobre cuánto deja Obama para la posteridad, el cual de veras recomiendo a todos
los lectores de nuestro blog. Bueno, al grano. Y el grano no es el que tiene en
su rostro la vicepresidenta-presidenta Selina Meyer (Julia Louis-Dreyfus) en el arranque de
la nueva temporada al aire. El grano es el punto cómico del material de HBO. Y
lo tiene, a un punto refocilante, de desternille.
