Mucho antes que Perrault lo
utilizara como telón de fondo de la historia que se convertiría en emblema de
la literatura de terror infantil, su archiconocida aunque tantas veces mal
leída polisémica Caperucita Roja, el
bosque figuró como elemento compositivo básico de los relatos fantásticos del
universo escrito; y luego, por inducción casi -como tanto de lo trasvasado a la
pantalla de la letra-, esa foresta centro del delirium tremens en que sumerge a
la mente la monstruosa soledad de la fronda pasó a los argumentos fílmicos y
éstos llevaron sus sombras chinescas de follajes oscuros a la categoría
indescriptiblemente mágica de la transfiguración cinemática. Los bosques más
totales, esplendorosos, siniestros de la genealogía dramática los trajo consigo
el cine, con perdón de la cobija de los ogros y elfos que en la literatura fueron.
