La eternidad y un día resulta
una de las obras fílmicas más hondas y bellas del realizador griego Theo Angelopoulos , aunque a la vez figura entre las menos franqueables de su
filmografía para el espectador, pese a que probablemente sea con sus dos horas
y tanto la más breve de un hombre empeñado en componer extendidísimas películas
como si de novelas se trataran. Y decir lo segundo del creador de La mirada de Ulises no es poca cosa; pues este autor optó por un estilo de
cine muy particular, caracterizado por constantes como singulares metáforas, la
elusión del raccord, la evanescencia
del relato en el terreno de lo ilusorio, su tendencia a la grandeza, la
solemnidad, el hermetismo, la autoobservación, un tempo lento de larguísimos planos-secuencia y prolongados
silencios como templos dóricos que hacen sombra sobre el exiguo diálogo de sus
personajes... Al igual que Borges, el director helénico piensa, de manera
confesa, que mientras unas pocas
personas lo entiendan, con eso le basta; si ese reducido grupo estuviera
integrado por amigos, no le disgustaría.
Aun así, o quizá a causa de ello, en la tentación intelectual de
canonizar las sagradas escrituras
autorales el calificativo de genio viviente del cine contemporáneo en ningún
momento se le ha cuestionado.
