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domingo, 2 de noviembre de 2014

Lancinante relato sobre la violencia


Furgón de cola de la economía comunitaria europea junto a Portugal, Grecia ha sido escenario de fortísimos traumatismos sociales durante la última década como consecuencia del impacto de la crisis mundial, la aplicación a rajatabla de la ortodoxia neoliberal y la consiguiente asfixia del individuo tras la amputación de derechos otrora básicos del ciudadano medio. Frustraciones y dolores suelen coserse en el caldo de la familia, algo sabido por el cine ya antes de Bergman. De manera que varios directores helénicos hilaron esa rueca, para sacar del carrete obras fílmicas que son verdaderas odas a la desesperanza y se constituyen en parte del segmento más amargo (por cuanto refieren desde lo argumental, no por su calidad) de la pantalla mundial del siglo XXI. Las nuevas tragedias griegas son casi más pesarosas que las de la antigüedad. A la obra completa de Giorgos Lanthimos pero más en especial a su Canino (2009) y Alps (2011), así como a Attenberg (Athina Rachel Tsangari, 2010), se interconecta en su ahogado resuello espiritual un largometraje del molde de Miss Violence (Alexandros Avranas, 2013), crudo retrato de la descomposición moral absoluta de una familia promedio en la Atenas de la actualidad. Tanto el filme de Avranas como los antes mencionados, u otros, constatan los estertores del hundimiento, expiden desde lo artístico el certificado de defunción al derrumbe de un modelo. Son frescos epocales de inestimable valor sociológico.

jueves, 19 de junio de 2014

La eternidad en un día, captada por Theo Angelopoulos


La eternidad y un día resulta una de las obras fílmicas más hondas y bellas del realizador griego Theo Angelopoulos , aunque a la vez figura entre las menos franqueables de su filmografía para el espectador, pese a que probablemente sea con sus dos horas y tanto la más breve de un hombre empeñado en componer extendidísimas películas como si de novelas se trataran. Y decir lo segundo del creador de La mirada de Ulises no es poca cosa; pues este autor optó por un estilo de cine muy particular, caracterizado por constantes como singulares metáforas, la elusión del raccord, la evanescencia del relato en el terreno de lo ilusorio, su tendencia a la grandeza, la solemnidad, el hermetismo, la autoobservación, un tempo lento de larguísimos planos-secuencia y prolongados silencios como templos dóricos que hacen sombra sobre el exiguo diálogo de sus personajes... Al igual que Borges, el director helénico piensa, de manera confesa, que mientras unas pocas personas lo entiendan, con eso le basta; si ese reducido grupo estuviera integrado por amigos, no le disgustaría.  Aun así, o quizá a causa de ello, en la tentación intelectual de canonizar las sagradas escrituras autorales el calificativo de genio viviente del cine contemporáneo en ningún momento se le ha cuestionado.
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