Lucido espectáculo
cinematográfico, Mongol, largometraje del realizador ruso Sergei Bodrov,
tiene la pinta old fashion pero nunca marchitable del buen cine de aventuras de
aliento clásico. Heredero de una briosa tradición que en la pantalla poseyó su
edad de oro más de medio siglo atrás, el filme no renuncia ni un segundo a su
ortografía epopéyica, a la sintaxis épica que combina en luminoso haz de
policromía cinemática combates exquisitamente filmados -como Dios mandaba
antes: sin apenas efectos especiales, sin el habitual apoyo infográfico del
género en Norteamérica hoy día, pléyades de extras de carne y hueso-, paisajes
de tronante majestuosidad y el hálito sentimental-emotivo que suele acompañar a
historias tales desde los tiempos de Cecil B. de Mille.
