Acostumbrado como está el
espectador a la ortodoxia de la narrativa hegemónica, quizá al hacerle frente a
una película semejante a El camino de San Diego (Carlos Sorín, 2006) pueda sentirse algo distante ante un concepto
de la puesta en escena que casi reniega de ella. Aunque, si está conectado con
el cine del director de Historias mínimas
y El perro, comprenderá que este
camino autoral devino, por convicción, pauta morfológica primaria de las obras
de un hombre mucho menos interesado en “narrar” en la línea aristotélica que en
configurar climas, constatar la imbricación ontológica del individuo a su
realidad telúrica, pulsar el mapa emotivo de personajes (quienes a la larga no
suelen ser más bien tales, según el entendido del guión tradicional, sino
no-actores representados a sí mismos) desde el ecuador de una sensibilidad
entrevista sobre la base de su contribución a elevarlos en tanto seres humanos.
El director de La película del rey llevó
lo anterior a un plano meliorativo casi insuperable en Historias…, para luego
reeditar, sin igual lustre pero también con beneficios artísticos, la ecuación
en El perro… Y, a la tercera (El camino…), bueno, a veces va la vencida, o la
media vencida cual es el caso. Ya estaría bien que Sorín vaya pensando en
replantearse sus conceptos de desesquematización constructiva de su
“documentalismo ficcional”, porque de seguir este paso lo que estará cimentando
en breve será su propio edificio del esquematismo.
