En
Umberto D (1952), filme eterno de
Vittorio de Sica, el anciano que le da nombre a la película se aferra en su
soledad y desamparo a un perrito llamado Flike. El único intercomunicador con
el dolor del pobre hombre, excluido por una Italia a reventar entonces de desempleo
e ínfulas grandecapitalistas. Julio García Espinosa, evocando a aquella gema
neorrealista, se apareció cuando más nos mordía el Período Especial en Cuba con
Reina y Rey (1994), obra llena de
numen aunque subvalorada y poco conocida: otra especial relación de fraternidad
entre una señora y su mascota. Carlos Sorín, en Historias mínimas (2002) regala preeminencia a uno de los tres
destinos humanos interrelacionados en el relato fílmico, al de Don Justo, viejo
que emprende viaje a lo largo de 300 kilómetros de la Patagonia en busca de su
Malacara: el can que abandonó al amo tres años atrás, al dejar este sin socorro
en la carretera a un peatón atropellado. Flike, junto a una hilera de
circunstancias, hace que Umberto Doménico desista del suicidio. Rey impide que
Reina, como su ilusión, quede desintegrada en moléculas de vergüenza ante el
sabotaje del destino. Y Malacara libra a su dueño de irse directo al infierno
por el crimen, porque el hombre purgó en vida, durante 36 meses de hiriente
soledad, la consecuencia de su acto de insensatez. Tres perros, tres ancianos,
tres contextos de crisis, tres grandes películas.
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domingo, 24 de marzo de 2019
lunes, 30 de junio de 2014
Cine y Fútbol: El camino de San Diego
Acostumbrado como está el
espectador a la ortodoxia de la narrativa hegemónica, quizá al hacerle frente a
una película semejante a El camino de San Diego (Carlos Sorín, 2006) pueda sentirse algo distante ante un concepto
de la puesta en escena que casi reniega de ella. Aunque, si está conectado con
el cine del director de Historias mínimas
y El perro, comprenderá que este
camino autoral devino, por convicción, pauta morfológica primaria de las obras
de un hombre mucho menos interesado en “narrar” en la línea aristotélica que en
configurar climas, constatar la imbricación ontológica del individuo a su
realidad telúrica, pulsar el mapa emotivo de personajes (quienes a la larga no
suelen ser más bien tales, según el entendido del guión tradicional, sino
no-actores representados a sí mismos) desde el ecuador de una sensibilidad
entrevista sobre la base de su contribución a elevarlos en tanto seres humanos.
El director de La película del rey llevó
lo anterior a un plano meliorativo casi insuperable en Historias…, para luego
reeditar, sin igual lustre pero también con beneficios artísticos, la ecuación
en El perro… Y, a la tercera (El camino…), bueno, a veces va la vencida, o la
media vencida cual es el caso. Ya estaría bien que Sorín vaya pensando en
replantearse sus conceptos de desesquematización constructiva de su
“documentalismo ficcional”, porque de seguir este paso lo que estará cimentando
en breve será su propio edificio del esquematismo.
martes, 25 de junio de 2013
El camino de San Diego, según San Sorín
Acostumbrado como está el
espectador a la ortodoxia de la narrativa hegemónica, quizá al hacerle frente a
una película semejante a El camino de
San Diego (Carlos Sorín, 2006) pueda sentirse algo distante ante un concepto
de la puesta en escena que casi reniega de ella.
Aunque, si está conectado
con el cine del director de Historias mínimas y Bombón el perro, comprenderá que este
camino autoral devino, por convicción, pauta morfológica primaria de las obras
de un hombre mucho menos interesado en “narrar” en la línea aristotélica que en
configurar climas, constatar la imbricación ontológica del individuo a su
realidad telúrica, pulsar el mapa emotivo de personajes (quienes a la larga no
suelen ser más bien tales, según el entendido del guión tradicional, sino no-actores
representados a sí mismos) desde el ecuador de una sensibilidad entrevista
sobre la base de su contribución a elevarlos en tanto seres humanos.
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