Hay un venerable señor en el
Japón -activo en el arte del dibujo
animado desde los ´60 durante la época del estudio Toei, si bien hasta escasos
lustros solo pasto de cenáculos-, quien en los tiempos del ordenador, Aardman
con su stop motion, Dreamworks y esa Pixar
repleta de lumbreras de la era digital, continúa animando a lápiz sus storyboards e historias completas
confeccionadas a pura imagen pintada a mano. A los cinco dedos suma un corazón
tan noble, e ígneo a la vez, como los colores identificadores del pendón
nacional. Hombre sui géneris, de proclividad anacorética, pesimista a veces y
muy optimista otras; distante de la manía fotorrealista del género lo mismo que
del uso de unas nuevas tecnologías hacia las cuales no oculta su desdén;
marxista, izquierdista; estudiante de ciencias económicas; sindicalista; amante
de la aviación, los autos antiguos, la naturaleza y sobre todo, de la infancia,
se nombra Hayao Miyazaki (Tokio, 1941).
