Los dos personajes
centrales de Una relación íntima
comenzaron a acostarse en las tardes de jueves de un hotelito de la periferia,
tras poner ella, en la revista erótica que él a ratos leía, un anuncio en busca
de algún compañero interesado en compartir sexo y nada más que sexo consigo. No
les importaba lo otro -al menos comenzaron creyéndoselo-, ni dependencias
laborales, lugar de residencia, afectos filiales, ideologías, ni incluso nombres.
A lo sumo, participábanse algunos gustos y defectos, no más que lo
imprescindible para enfrascarse, con un mínimo de desanimalización, en el
forcejeo corporal librado en la habitación 318.
