El cineasta japonés Hayao Miyazaki, la mayor sensibilidad viviente del
universo de la animación pese a su lamentable retiro hace unos meses, nos
enseñó a conmovernos con pequeñas grandes historias donde los muy distintos conceptos
de bosque, vida salvaje, medio ambiente, pequeñez física, amistad y solidaridad
alcanzan una sensación desconocida, con flechas de sentido dirigidas a
corroborar la certeza de lo colosal, magno y bello de este mundo en que vivimos
y las personas que lo habitan, por arriba de cualquier prejuicio negativo o
posible presunción desvirtuada. Esto, sin los desbordes melifluos de la escuela
Disney, y desprovisto del corte tan cargante de algunas fábulas morales del
cine de acción real.
