Hollywood,
brazo ideológico del sistema, suele recibir órdenes directas del Pentágono en
materia de cine bélico. Salvo excepciones a la manera de Pelotón (1986), de Oliver Stone, u otras pocas películas, el género
siempre ha seguido los dictados políticos, lo mismo fuese en el cine de
propaganda militar facturado durante la II Guerra Mundial que en obras de
cineastas de prestigio como La caída del
Halcón Negro (2001) del maestro
Ridley Scott, allí vendido al alto mando castrense por un puñado (gordo) de
billetes. La institución, sin ambages, le financió ese filme tan imperialista
en sus ideologemas como rabiosamente bien hecho en el plano técnico y narrativo,
la verdad sea dicha.
