Semanas atrás este
comentarista publicaba una columna alrededor de la significación basal de que
los proyectos audiovisuales cubanos acudiesen con mayor asiduidad y fortuna a
ese inmarcesible venero de la historia y la creación artística que es nuestro
país. Meñique (1864), en propiedad, es de la autoría del francés Edouard
Laboulaye, mas quien lo dio a conocer a decenas de generaciones de compatriotas
fue ese notable hijo de esta patria llamado José Martí. Y el relato aporta
cuanto nos viene haciendo mucha -demasiada- falta a las actuales hornadas de
criollos: virtudes; certezas; orgullo de ser lo que somos; fe en la entereza,
la constancia y el saber como fuentes de triunfo, justo lo contrario de cuanto
ha sucedido en algunos escenarios locales luego del tsunami involutivo del
período especial, cuando escalaron el pícaro y el trepador de la peor laya
sobre las enredaderas para ellos verdísimas de las circunstancias. Lo grave,
con un grado de influencia social de veras nefasto.
