Ya Titanic y
Saving private Ryan habían demostrado
que podían hacerse grandes superproducciones con efectos especiales incluidos,
con resultados artísticos dignos. La
cosa era no perder de vista al ser humano, al alma de los hombres. En esa
cuerda también quiso moverse el irregular alemán Wolfgang Petersen en su La tormenta perfecta (A Perfect Storm, 2000), sobre los sucesos reales acaecidos a inicios de la
década anterior en la localidad costera de Gloucester, Massachusetts), cuando
la tripulación del pesquero Andrea Gall sucumbió ante la fuerza de un huracán
con olas más altas que un rascacielos.
