Sin que por lo general los
obituarios resalten sus ofídicas mutaciones hacia los universos del cine de
acción, terror o ciencia-ficción -éstas de hecho le posibilitan casi la vida
eterna-, desde que el western entrara en su fase crepuscular, cíclicamente son
dictados partes de muerte a los cuales siempre una o dos películas por década,
de esas “genéricamente puras”, ponen en tela de juicio. Danza con lobos, de Kevin Costner; y Los
imperdonables, de Clint Eastwood, impugnaron, con honor, tal sentencia luctuosa
en los 90. No apareció nada decoroso comenzado el siglo XXI, hasta que de nuevo
Costner presentara una digna muestra de la pantalla del oeste mediante A campo abierto (Open range, 2002),
a las que se agregarían para 2007 la irregular El asesinato de Jesse James
por el cobarde Robert Ford, y ese vívido, riquísimo remake de El tren de las 3 y 10 a Yuma.
