Ver otra vez la, a propósito del aniversario del ICAIC, reestrenada Barrio Cuba resulta una aplastante (y a la vez fecunda
y necesaria) experiencia vital. Es una película hecha desde el dolor para
comprenderse en el dolor, que te crispa, te revuelve el estómago, masacra tu
día y hasta puede crear un posible complejo de culpa a quien no haya escalado
su Gólgota individual, a quien no arrastre o arrostre su cuita compañera. Pero,
alquimias del cine, al suministrar un ineludible componente purificador
añadido, te limpia la mente y desbroza las sendas, te aparta -al menos de
momento-, de la sordidez aledaña y personal. Y asegura a su destinatario, a
diferencia de otros filmes nuestros en frecuencias tonales colindantes con lo
elegíaco o el réquiem, que siempre (o casi para ser exactos) hay una salida,
una claraboya de aire y luz en medio de la habitación más oscuramente
desoxigenada.