Hay una contradicción entre su ecologista nota
introductoria y las parrafadas verdes con que internacionalmente fuera
promocionada esta película, y el real cariz de un discurso que con mucho supera
la cuestión del daño natural producido en la Amazonia por la extracción
aurífera, para enmarcarse, de pleno, en la inveterada tradición regional de un
cine de denuncia (o exposición) de males endógenos, el cual viene haciéndose en
Latinoamérica hace ya más de medio siglo, y que tiene en la Venezuela de las
últimas décadas interesantes expresiones. En Oro diablo, más que entornos o hábitats, guardan preeminencia las
condiciones paupérrimas en que debate su existencia la gente de estos poblados
mineros cercanos a la frontera brasilera,gobernados por padrotes a base de dos
palabras mágicas: pistolas y bolívares. Sitios perdidos en el infierno donde la
miseria de los buscadores de oro raya lo extremo y el hombre está obligado a
descender a simas de humillación para malvivir un presente de esclavitud sin
mañana posible. Fuente germinal de lo peor de la especie: odio, venganza,
avaricia.
