Cuanto
cuenta Pedro Almodóvar en su drama maternofilial Julieta (2016) es la tan sencilla cuan complicadísima historia -a
veces depende de genéticas, químicas del cerebro o de las circunstancias medias
de las trayectorias vitales; como también del receso de diálogos u otras formas
comunicativas- de las relaciones filiales y, específicamente, las tejidas entre
madres e hijas. Con todo cuanto propenden, algunas de estas, a la (in)
superación de valladares emocionales paradójicamente cimentados a partir de
universos cuyas extremas proximidades -tal que funcionarían como espejos- propician
la huída de los retoños de las propias órbitas de sus progenitoras. Acaso por
hastío, por la sospecha de repetir lo que no quieren ser, por saberse desnudas
ante la mirada escrutadora de quien lo sabe todo, por miedo o -también- por
demasiado amor.
