Aunque en
la obra del -en materia de fe- poco acomodable George R.R. Martin exista poco
de la dicotomía Bien-Mal ultrareferida por el católico narrador británico de El señor de los anillos, el
estadounidense ha sido calificado por la revista Time, de igual modo a otros muchos buscadores apurados de parecidos,
como “el Tolkien americano”. Reacio a
las equiparaciones, reales o traídas por los pelos, valdría no obstante
destacarle a los cómodos establecedores de parentescos, sí, que el
norteamericano -a través de menos magia y arquetipos, más realismo, crudeza,
explicitez, diversión, densidad, diversidad de universos morales prohijados por
la misma inescrutable naturaleza humana, indagación en los perfiles volitivos,
sordidez y sexo-, en verdad ha sabido redimensionar el género épico, la
fantasía heroica, a unos tiempos corrientes donde muchas fronteras fueron dinamitadas
a favor de un Más Incontenible, reclamante de tensar los arcos de la
representación a los límites de lo indelimitable.
