En Miel para
Oshún, a partir, solo a partir, de una de sus sempiternas obsesiones
temáticas: vectores convergentes sociedad-individuo; nación-persona; evolución
social-destino, en tanto parte de esta historia del niño obligado por su padre
a marchar hacia los Estados Unidos en los´60, que regresa hombre, 32 años
después en busca de su madre y un yo jamás conocido, Humberto Solás compone una
lírica pieza de febriles arrebatos de humanidad y espíritu, superior a las dos
películas cubanas que con anterioridad atendieran directa o
tangencialmente los rostros y consecuencias de la emigración: Lejanía,
Jesús Días, 1985, y Vidas paralelas,
Pastor Vega, 1992.
