Dispositivo fílmico a loor del
séptimo arte, y de sus amantes, Bailando con Margot (Arturo Santana, 2015) supone la mayúscula
operación de cinefagia suscitada durante los últimos tiempos en la creación
audiovisual de este país. Aunque de una manera que —a ciencia cierta— resulta
ya algo extemporánea, pero no por ello menos rotunda en su concreción,
aclárese, el realizador cubano se monta a lomos de determinada zona del
desmadre posmoderno enfilada a concebir sus registros desde las cartillas
náuticas de las mixturas genéricas o el negociado pragmático con el
palimpsesto: aparato creativo este que -casi que por defecto- no solo trae de
fábrica el consabido acto de pleitesía o admiración rendidas hacia el pasado
artístico; sino además, en ciertos exponentes, una preocupación obsesiva por el
cuidado de las formas y, en otros pocos, de plus, el tan evidente como por
algunos directores elidido axioma de que el cine es (amén del componente
intelectivo y su virtual inmanencia filosófica) ludo, imago, goce, apelación a
los sentidos y respeto a quienes marcaron las señas caligráficas del arte
practicado. Sin que ello entrañe la renuncia por parte del realizador a
estampar su marca de agua.
