Cuando se dedicaba a criar aves de corral, fabricar fuegos artificiales
o limpiar almacenes, quizá todavía el alemán Lyman Frank Baun ni imaginaba que
en su posterior faceta de escritor iba a ser el firmante de una de las piezas
literarias infantiles más leídas de la historia: El maravilloso mago de Oz,
publicada en 1900, de la cual realizaría doce secuelas en menos de dos décadas
y que también trasladase al universo teatral con éxito.
domingo, 25 de agosto de 2013
sábado, 6 de julio de 2013
Nada que hacer: amores de desempleados
La
gran diferencia entre el cine americano y el europeo estriba en que en el
primero el torrente sanguíneo dramático lo constituye la energía física
dominante en los hechos narrados; y en el segundo, el elemento basal lo
representa la observación del individuo, la energía se traslada por canales
internos provenientes de sí, y el tempo, por consiguiente, tiende a ser más
parsimonioso, dilatado, exhaustivo, como
corresponde hacerlo a las escrutaciones caracterológicas, que eso son muchas de
las películas de este continente.
domingo, 30 de junio de 2013
Enemigos públicos, el buen cine de Michael Mann en la industria
Ninguneada en los
desastrosos Oscar de su año -salvo algunas categorías el veredicto general fue
de escándalo, pese al silencio de la fábrica mundial mediática de mentiras y el
santiguo tercermundista-, Enemigos públicos (Public Enemies, 2009), reexhibida ahora
en Cuba, viene a ser la enésima prueba confirmatoria del calibre narrativo de
un director como Michael Mann.
Si dejamos a Scorsese
tranquilo en su altar de genio viviente de la pantalla norteamericana, no
existe un director allí -Spielberg, Eastwood o Soderbergh, como Martin, se
mueven en otras direcciones, confeccionan otro tipo de cine- que, dentro de la
industria, cuente, encadene, secuencie, dinamice la acción interna del
fotograma e ilumine la pantalla con trazos de maestría semejantes: en última
instancia concentradores de toda una riquísima herencia cinematográfica
nacional, filtrada por el autor de Heat y Alí mediante un dispositivo abrevador
aquí del summun del género gangsteril -de Scarface a Uno de los nuestros- cuya
legendaria estela honra a través de un abordaje proclive no ya a reciclarlo o
remedarlo, sino a reiventarlo sobre la rueda de la reescritura de mitología y
señas identitarias.
Muy superior a la adaptación
de Max Nosseck (1945) e incluso a la más conocida elaborada por John Millius
(1973) acerca de la vida del gangster John Dillinger, Enemigos públicos
-inspirada de forma parcial en el libro del periodista de Vanity Fair, Brian
Burrough, Public Enemies: America´s Greatest Crime Wave and the Birth of The
FBI, 1933-1934-, reobserva el mito del singular personaje del Chicago de los
años ´30, al desmontaje de una visión convergentemente clásica y muy actual,
lejana de la típica idealización del mafioso para aproximarse más a la épica de
un operístico western urbano crepuscular sobre la sobrevida de un outsider, del
outlaw sabedor de su destino trágico y
devorado por el mismo sistema que lo genera, alimenta y romantiza solo
hasta el grado de comenzar a reconocerlo como la antinomia modélica de su hipócrita
tabla de valores. La cual, por otro lado, no prescinde de asociaciones e
interrelaciones entre la Crisis
del ´29 y la debacle bancaria actual (cuanto fue del Martes al Viernes negro,
de la Gran Depresión
a los tiempos de Madoff), amén de subtextos a apreciar tanto en torno a la
consolidación histórica de los aparatos de represión interna y vigilancia
ciudadana como a la relación hecho criminal/medios/espectáculo dentro de los
Estados Unidos.
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martes, 25 de junio de 2013
El camino de San Diego, según San Sorín
Acostumbrado como está el
espectador a la ortodoxia de la narrativa hegemónica, quizá al hacerle frente a
una película semejante a El camino de
San Diego (Carlos Sorín, 2006) pueda sentirse algo distante ante un concepto
de la puesta en escena que casi reniega de ella.
Aunque, si está conectado
con el cine del director de Historias mínimas y Bombón el perro, comprenderá que este
camino autoral devino, por convicción, pauta morfológica primaria de las obras
de un hombre mucho menos interesado en “narrar” en la línea aristotélica que en
configurar climas, constatar la imbricación ontológica del individuo a su
realidad telúrica, pulsar el mapa emotivo de personajes (quienes a la larga no
suelen ser más bien tales, según el entendido del guión tradicional, sino no-actores
representados a sí mismos) desde el ecuador de una sensibilidad entrevista
sobre la base de su contribución a elevarlos en tanto seres humanos.
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