Si no fuese
la frase más imbécilmente cursi de la galaxia, debería decírsele a Enrique
Álvarez: “gracias por existir” (en el cine cubano). No se trata de un gran
cineasta, tampoco es la suya una obra que, desde mi personal manera de entender
este arte, encontrará trascendencia en la historia de la pantalla; sin embargo,
el hombre encontró perspectivas expresivas que -al menos- lo singularizan dentro
de un cosmos semimesmerizado (si nos olvidamos de la narrativa audiovisual
joven, tan imperfecta aunque muy diversa en lo estilístico-conceptual) y, por
consiguiente, aportan pluralidad estética, discursiva y argumental a la
pantalla nacional, requerida de ello desde hace mucho tiempo.
