Si en
1970 Robert Altman nos entregaba un oeste ¡invernal¡, y en 1992 Clint
Eastwood remodelaba el esquema
ético-iconográfico-etáreo del género, cuatro años más tarde Walter Hill,
considerado un maestro del western urbano, fabricó el que debe ser el primer
oeste gangsteril de la historia del
cine: El último hombre (Last man standing). La
película de Hill, coescrita por sí mismo, como suele hacer, e inspirada en una
idea de dos japoneses, y uno de ellos el señor Akira Kurosawa -hay una clara
referencia aquí a Yojimbo-, fusiona
el cine de capos con el del oeste, bajo parámetros narrativos que curiosamente
responden a ambos géneros, sin roces abruptos entre ellos.
