Antes del arribo en masa de los invencibles escritores rusos, por años,
entre mis muchas predilecciones literarias iniciales figuraron Las mil y una noches y el Decamerón. Mientras, al paso de la
infancia, leía los dos últimos (verdaderos relatos-ofrendas al arte de contar;
historias-tributos al poder demiúrgico del narrador), veía cine a mares, con
mucha preferencia, entonces, por las comedias italianas de los ´60, donde por
primera vez nos llegaría la evocación visual de esa conformación biológica
inigualable que es el cuerpo de una mujer, mediante aquellos torsos reales de la Cardinale, la Loren o la Schiaffino. De
dicha cinematografía, más tarde, disfrutaríamos los acercamientos que al mundo
boccacciano estamparan grandes maestros, a la manera de Pier Paolo Pasolini (El Decamerón, 1971) o, con precedencia,
Vittorio de Sica, Federico Fellini, Mario Monicelli y Luchino Visconti (Boccaccio ´70, 1962), dentro del formato
de los -a la sazón allí tan populares- filmes de “sketches” o cuentos.
