Rosalba es una ama de casa italiana en
eventual plan de turista interior, que en un santiamén del azar pierde en Roma
el ómnibus que la conduciría de vuelta a Pescara. Tal situación introductoria
determinará el giro evolutivo absoluto del personaje y el camino dramático a
seguir por Pan y tulipanes (Pane e tulipani), de Silvio Soldini,
agasajada película que se metió en el bolso nueve premios David di Donatello
(el Oscar de casa). La mujer,
madre de dos hijos varones jóvenes que no parecen interesarse mucho por
su existencia, y esposa de un señor que valora
menos su mundo interior que el hecho de ver la camisa estrujada,
modificará su punto de vista de la vida en unas, en principio, “vacaciones” en
Venecia (pudiera haber sido cualquier ciudad porque ésta es la Venecia más desveneciada
de la geografía del cine; pues bien visto, es que nada importaba el escenario
como el lugar al que la mandara el guión), al lado de afables héroes cotidianos
-un camarero, ese curioso vendedor de flores y la masajista-, que nada o no
mucho harán, en palabras, para reconducir los pasos de la recién llegada. Ella
sola sopesará lo que tiene y le falta, aspira y quisiera, en pos de procurarle
sinceridad al alma y masa a las rendijas de agujereados sentimientos por la
inopia afectiva y emotiva de su rutina. Rosalba, cuarentona, presuntamente ya
de vueltas de cualquier cuento humano, se afianzará al terreno salvado de su
mente para reafirmarse en el sentido que aporta el reventón del capullo de la
esperanza.
