En la
crítica de la serie Feud: Bette and Joan,
publicada aquí en La viña de los Lumière, subrayábamos lo siguiente:
“Durante los años más recientes, al calor de la energía liberadora de las redes
sociales y la irrupción de determinadas entrevistas o declaraciones de
principales figuras, que dieran lugar a una reacción en cadena tendente a la
denuncia de acciones de la peor laya (incluidas violaciones físicas y
emocionales, acoso sexual, chantaje), se ha puesto sobre el tapete un baldón eterno
de Hollywood, desde que chapeaban los potreros para los primeros estudios: la
manipulación, el abuso y el uso a conveniencia de las actrices. La historia del
cine norteamericano arrostra en su backstage, en sus entretelones, la cuita
eterna de la discriminación de género, el machismo y una misoginia cerval
dictada por la política ultrapatriarcal de los directivos de las majors o
grandes estudios. A la pantalla asomaba la magia, el divertimento, la gracia, a
lo largo de hora y media de evasión; pero dentro del camerino, en las mansiones
de Los Ángeles, en las ricas casas de cita, en los hoteles de ciudades
contiguas o hasta debajo o arriba de los burós de las propias oficinas, los
dueños de los estudios cambiaban papeles por sexo. De este sino se escaparon
muy pocas, casi podrían contarse con los dedos de una mano”.
