En El viñedo que nos une (2017), Cédric Klapisch no alberga el mínimo interés en
subvertir nada de lo establecido. El firmante de la elogiada trilogía compuesta
por Piso compartido (2002), Las muñecas rusas (2005) y Lo mejor de nuestras vidas (2013)
compone aquí una película sin electricidad interior, desapasionada y tendente a
la monotonía.
