El
proceso de peterpanización atravesado por buena parte de la pantalla actual
impide la proliferación de películas como Dogville.
A Lars von Trier, el genio, zorro,
profeta, borracho, fascista, megalómano o como quiera llamársele, que inventó
el Dogma ´95, no le va eso sin embargo. Rubricaría con esta pieza -episodio de
lo que alguna vez elucubró cual su Trilogía Norteamericana- un estudio humano
de sustento trágico con base helénica, shakesperiana, victorhuguiana, de los
que ya a casi nadie le interesa hacer.
